Hace
mucho, mucho tiempo, un niño vino del cielo para convertirse en el rey de
reyes, morir salvándonos a todos y después volver a resucitar. El nombre de ese
niño era Goku, o bueno, Kakarotto, en Sayain. Algún tiempo después, nació
Ebenezer Escruch. Era el viejo dueño de una fábrica, a cargo de varios
infelices trabajadores a los que tiraba raspas de pescado desde su oficina
mientras insultaba a sus madres y les decía que trabajasen más y que ganasen
menos dinero. Y es que, si algo le gustaba a Escruch era el dinero. Su despacho
estaba adornado con enormes cuadros de billetes de dólar posando a caballo, o
chelines jugando al póker, apostando perros. El dinero le gustaba a Escruch,
pero no le gustaba nada más. Odiaba el arco iris, despreciaba a los cachorritos
y hacía vudú a la madre Teresa de Calcuta. Un día, Escruch, yendo a trabajar,
estaba por la calle escupiendo a huérfanos sin techo refugiados de guerra
mutilados cuando de repente vio un cartel que decía: "¡Atención! ¡La
nochebuena llega a la ciudad!"
—¡¡Otra vez la maldita Navidad!! Con el asco que me dan los
espumillones... me parece todo de lo más demodé— pensó.
Y procedió a sacarse de la nariz un moco (mitad blando y
mitad duro) y pegarlo en el cartel como signo de su gran desprecio.
Después entró en su fábrica y se dispuso a hacer sus tareas
de jefe abusivo que consistían en contar monedas una por una y colocarlas en
torrecitas muy altas mientras humillaba a todos hasta el punto de aburrir al
lector que hace rato ha entendido la personalidad de la que estamos hablando.
Entonces, irrumpió en su despacho, cabizbajo e inseguro, uno de sus más fieles
empleados, Antonio Alcántara, y se dispuso a pedirle algo, tartamudeando de
miedo:
—Señor ...ñor...ñor... ehmm.... me preguntaba si
mañana...na...na... podría darme la tarde libre...bre... bre... ya que es
navidad... dad...dad...dad…dad... (tartamudea repitiendo la última sílaba en
vez de la primera y queda mazo de raro).
—¿¿La tarde libre??! ¡Para qué! ¡¿Para ir a comprarte pelucas
de colores a la plaza mayor?! ¡Já! Antonio, no necesitas una peluca ridícula,
tu pelo ya es lo suficientemente ridículo.
—Sí, ¡señor! jejejejejeje ¡qué ocurrente es usted señor! ¡Disculpe
mi atrevimiento, con permiso me retiro, Don Pabl... digooo señor Escruch!
Tras unas cuantas burlas más, alguna insinuación sobre
acostarse con su mujer y haberle hecho bailar disparando a sus pies con dos
revólveres, Escruch permitió a Antonio volver a su trabajo y se fue a su casa.
—¡Navidad! —decía entre dientes —Menuda... menuda... tengo
que encontrar una palabra que exprese lo que es para mí la navidad... menuda...
papanatas! mmm... mamarrachada!
Escruch siguió pensando hasta quedarse dormido, cuando dio
con la palabra indicada:
—¡Navidad! ¡Puta gilipollez! —y se quedó dormido
satisfecho... hasta que su reloj de muñeca de Hello Kitty dio las 12:00.
—¡EbeneeeZeeeEer! ¡EbeneeEezeeer! —se escuchaba con voz de
fantasma.
Escruch se despertó sobresaltado para ver un ser ectoplasmático
lleno de cadenas, larguirucho, con guantes blancos en sus manos de cuatro
dedos, orejas caídas, hocico prominente y su característico gorrito verde. Reconoció
a su antiguo compañero de trabajo y se incorporó en su cama. Como os podéis
imaginar, llevaba un camisón blanco y un gorrito de dormir. Se restregó los
ojos y encendió una vela en un plato con asa de esos que iluminó tenuemente la
estancia.
—¿Goofy? ¿¡Cómo es posible!? ¡Estás muerto y enterrado! Yo
mismo di tus muelas de oro, tu piel y tus huesos a cambio de una entrada para
el concierto de David Bisbal, la cual fotocopié múltiples veces para estafar en
la reventa.
—¡Escruuch! Soy un alma penitenteee.... fui muy malo como tú y ahora estoy condenado... a llevar atada a mi pie una cadena que es incómoda y pesa un poco y dificulta mis actividades de fantasma... A ti te pasará lo mismo si no cambias tu actitud con respecto a los pobres y a la Navidad.
—¡BAH! chorradas, digo... bobadas... mmm no, ¿cómo era? ...
es igual. ¡Lo que estás diciendo me parece una parida! Lárgate y déjame dormir,
mañana tengo un largo día de contar muchas monedas.
—Escucha lo que te digo Escruuch... "EscRúchame
bien" ¡ja, ja!... esta noche
vendrán tres fantasmas que te van a dar una chapa, como la mía, pero un poco
más interactiva, con apoyos visuales y eso. Hazles caso y todo saldrá bien.
Tras decir estas palabras el Goofy ectoplasmático se
desvaneció en la penumbra.
Escruch volvió a acostarse visiblemente enfadado por haber
visto perturbado su sueño.
—Fantasmas mis cojones...—mascullaba entre dientes, hasta que
volvió a caer dormido.
Al rato, fue despertado por una estridente melodía que solo
podía venir de las profundidades del averno:
"Tú siempre fuiisteee... ¡duuuro de pelar! ¡duuuro de
pelar!"
Sobresaltado, Escruch se incorporó para ver, ante sí, la
figura de una bella y rubia mujer, vestida de cuero negro.
—¿¿¿Rebeca??? —dijo escudriñando en la oscuridad.
—No, Ebenezer —respondió el ser. —No soy Rebeca, soy el
fantasma de las navidades pasadas. He venido a mostrarte algo que te va a
cambiar la vida.
Entonces, el fantasma sacó el proyector y el portátil, se
puso las gafas y, tras algunos problemas para que el ordenador reconociera el
pen drive, empezó una presentación en Power Point.
—Bueno, empecemos con la fundamentación teórica. Según Bowlby,
el apego que desarrollamos en la primera infancia bla bla bla…
Ebenezer se esforzaba por atender sentado en la cama, con los
brazos agarrando sus rodillas.
—Hum... —murmuró el fantasma al ver que su audiencia se
aburría —Parece que esto no está funcionando... ¡cambiemos el enfoque!
Agitó los brazos y saltaron chispas y rayos de colores y
burbujas de Freixenet, y el espacio se distorsionó, hasta aparecer en una casa
pequeña, pero de dos pisos, de esas casas que parecen humildes, pero realmente
tienen dos pisos.
Ebenezer reconoció el sofá ante la tele, la cocina, las
escaleras...
—¡¡¡Estamos en la casa de los Simpson!!! —dijo ilusionado.
—No, idiota —respondió hastiada la fantasma. —Es tu casa de
la infancia, la casa de tus padres.
Ebenezer, embriagado por la nostalgia, se dirigió al salón.
Ahí estaban sus padres, de quienes no se pudo despedir porque tuvo que
contratar a un sicario para matarlos para que no le incriminaran a él. Su
hermana pequeña, a quien hacía años que no veía porque estaba en la cárcel,
cumpliendo condena por haber firmado unos documentos y avales que le pidió él.
Y él mismo, el pequeño Ebenezer, que veía absorto el partido del Madrí.
Ebenezer adulto no pudo contenerse y dijo...
—Pero buenooooo, ¡¡fuera de juego!! ¡¡Árbitro, cabrón!! ¡¡Eh!!
¡Está solo, ese! ¡¡cubridle!!
—Somos fantasmas, Ebenezer. No pueden vernos ni oírnos.
Además, están en la tele, no podrían verte ni oírte, aunque no fueras un
fantasma.
Ebenezer se preguntaba para qué habían ido al pasado, si no
era para corregir los errores arbitrales históricos en contra del Madrid.
La fantasma decidió mostrarle entonces el momento en que sus
padres mueren a manos del sicario y un flashback que mostraba a Escruch
contratando el servicio con una cara de villano total.
A continuación, le mostró cómo su hermana entró en la cárcel
y a él haciéndola firmar esos avales.
—Sigo sin entender nada —dijo Escruch, cada vez más nervioso
al pensar que estaba perdiendo tiempo de sueño. —Ya sé estas cosas, ¡porque las
hice yo! ¿Por qué me las muestras?
La fantasma decidió simplificar un poco más su mensaje y
preguntó:
—¡Vamos a ver! ¿A ti te gusta que te maten?
—No.
—¿¿Y que te metan en la cárcel??
—No.
—¡Pues a los demás tampoco! —exclamó la fantasma, que ya
estaba perdiendo la paciencia.
—¡¡¡¡Aaaaaaaahhhhhh!!!! ¡¡¡Que lo he hecho mal!!! —dijo Escruch,
que en ese momento tuvo un momento Eureka.
—Claro, joder —se quejó la fantasma, y a continuación Escruch
estaba de nuevo solo y acostado en su cama.
Estaba sudando debido a la experiencia traumática de volver a
ver el 2 a 6 en el Bernabéu, todavía no se había recuperado cuando vio, sentado
en una silla, un hombre con una sonrisa caricaturesca y extremadamente
sobreactuada. Este empezó a hablar a Escruch en un idioma ininteligible que
claramente debería proceder de otra dimensión:
—Escruch, ¡hartosopas!
Andandarán tus ilusiones, que tás más podrío que un malacatón pasao! To´l
el dinero pa la saca ¿eh?
—Espera... ¿Eres José Mota? ¿este año otra vez hay especial?
—¡Anda, calla, que eres mu tonnnnto! No soy José Mota, soy el fantasma de
las navidades presentes, ¡las de mañana no! ¡las de hoy!
El fantasma se movía continuamente como un animatronic
epiléptico, y no paraba de poner caras que pretendían ser divertidas pero que
generaban un poco de cringe.
—¡Hala, barba chivo, coge el abrigo que si hay que ir se va!
Y salieron volando por la ventana.
Escruch empezó a emitir una serie de grititos y clichés tipo
"uo uo uooo! ¡me temo que no llevo cinturón de seguridaaaad!"
—No es por no decirte que calles, cansino, ¡pero te puede
el ansia viva! ¡Apaga!
Y aparecieron en el barrio de San Genaro, y entraron por la
ventana a un piso con una decoración clásica, con tele de tubo y sin Alexa.
Dentro, Antonio, el empleado de Escruch, disfrutaba de la cena de Nochebuena
con su familia, que consistía en una hoja de lechuga que compartían entre todos
con un grano de sal, ya que era una ocasión especial.
—Eh, ¡es Alcántara! ¿Quién hubiera dicho que los empleados
tuvieran que comer?
—¡Bueno, cierrabares, respetos al máximo! Los aberronchos
estos están hablando...
—Merche, me cago en la cuna que me arrolló, ¿dónde está Toni?
que es Navidad, coño, ¿¡no estará metido en política?! —dijo Antonio.
—Ay, Antonio, te quiero tanto… ¿seguro que no puedes librar
mañana? Este Escruch es un jefe un poco abusivo.
—Que no, Merche, que Escruch es mi oportunidad de ser alguien
en la vida. Además, es todo un señor, ¿no recuerdas cuando vendió las joyas de
su madre para pagar mi multa cuando lo de construcciones Nueva York?
—Pero Antonio, al final estaba conchabado con Lastra, y se
quedó el dinero él, ¡era mentira! ¿Es que no viste las temporadas siguientes?
De una radio al fondo se escuchaba un villancico cantado por
niños para añadir costumbrismo sesentero a la escena: "Ya vienen los reyes
magoos, ya vienen los reyes magoos, caminiito de Belén... Olé olé olé..."
—Que no insistas mujer, ¡me cago en la leche! ¿Y dónde está
Toni, te digo?
—Pues vete a saber, este hijo nuestro está loco Antonio... el
que me preocupa es Carlitos... que está todo enganchao a lo del fentanilo
ese... ¡ay señor...!
—Como somos pobres, es lo que nos toca, Milano.
Al ver esta escena, Escruch se empezó a dar cuenta de lo
importante que es la Navidad para los pobres, ya que tienen que vivir muchas
desgracias, y escuchar villancicos les anima un poco. También se había fijado
en que Antonio le respetaba y le agradecía, a pesar de ser un empleado y por lo
tanto una herramienta. Se imaginó una familia de llaves inglesas cenando en
navidad, agradecidas por ser manoseadas por sus dueños, y sintió una gran
condescendencia. Pero todavía no terminaba de importarle del todo.
El fantasma de las Navidades presentes prosiguió con su
extraña verborrea:
—Vaaa va va vááá...mmmadre míííía... el niño de los Alcántara
la va a esmochar... ay como las balasss —exclamaba mientras daba pasitos
diminutos sin doblar las rodillas.
De esa guisa emprendió el vuelo de nuevo, al grito de “ahora
vas y lo cascas”, y dejó a Escruch solo y en camisón de señora en aquella calle
más nevada que cuando la Filomena.
—¡Fantasma de las Navidades presentes! No me dejes aquí que
hace friiiiiiiioo... y no hay ubers porque estamos en los 60.
Escruch se puso a caminar cuando se topó con una tumba. Se
dio cuenta de que ahora llevaba una larga barba blanca, y que habían
desparecido los 600 y el kiosko del Cervan para dar paso a un cementerio
abandonado, postapocalíptico, sobre el cual volaban dirigibles con focos que
mantenían el orden. Nevaba sin cesar, pero era nieve sintética, que sabía a
patito de goma. Escruch se abría paso entre las lápidas y la ventisca camino de
la tumba. Distinguía a una familia velándola... ¡no... Carlitos! ¡ese maldito
yonki no podría darle ese disgusto a su familia en Navidad!
—¡Carlitos! ¡CARLITOS! —gritaba al acercarse a la figura más
alta... Cuando llegó vio a un hombre adulto, con algunas entradas y poblada
barba castaña...
Era Carlitos de mayor, junto con el resto de los Alcántara.
Se fijó en la tumba y en la inscripción se leía: "Aquí yace Herminia.
Madre, abuela, estereotipo".
Escruch estaba estupefacto, anonadado, en chock. Esperaba
haber encontrado la muerte de un niño y había dado con algo aún peor... un spoiler.
Entonces la ventisca le llevó a otra lápida, cuya inscripción
no se leía claramente, guardada por una alta figura que sostenía un móvil con
la linterna activada, ataviada con una capucha y un hábito que tapaba todo su
cuerpo, por lo que sería difícil adivinar su ropa interior. Aunque como soy
narrador omnisciente, sé que llevaba boxers MUY ajustados. Y ahora lo sabéis
vosotros.
Escruch sollozaba como una niña, porque es el futuro y ya se
puede volver a decir cosas machistas, y rogaba:
—¡Demonio! ¿quién eres? ¡¡arréglalo todo!! arregla mi
lavadora y, además, todo este jaleo! ¡quiero ir a mi casa!
La figura solo señalaba la tumba, acercando la lumbre a la
inscripción. Escruch se acercó y pudo ver que en el epitafio ponía:
"Ebenezer Escruch, odiado por todos por no gustarle la Navidad... y Walter
muere en el último episodio de Breaking Bad"
Lo que leyó lo dejó absolutamente sobrecogido, y esta vez era
mucho peor aún que un simple spoiler de una serie... ¡un SEGUNDO SPOILER y de una serie que
realmente veía! Además, era mucho más inesperado que lo de Herminia porque este
no llevaba 23 temporadas teniendo 85 años.
En ese momento, el encapuchado se retiró la capucha y mostró
su cara. Escruch reconoció en seguida su pelo rubio y su gesto serio... ¡la médium
británica Anne Germain!
La médium habló:
—"yunkson tambel bliss fiucher Christmas wimsi meision
delait"
Y Jordi González tradujo:
—Dice que es el fantasma de las Navidades futuras, que está
encantada de estar aquí con nosotros en Telecinco, y que vas a morir solo si
sigues así, sin apreciar la Navidad.
—"Wachu wachu" —continuó Anne Germain.
Y Jordi González tradujo:
—Ahora solamente dice "wachu wachu".
De pronto, Scruch vio como todo a su alrededor comenzó a
arder, Anne y Jordi se desvanecieron y ahora él se encontraba solo y atrapado
en medio de las llamas mientras sonaba una música angustiosa de violín:
"chanana nana nana nana nana". Empezó a gritar mientras intentaba
zafarse de las llamas cada vez más altas que lo consumían:
—¡¡¡Nooooooooo!!!....
En la siguiente escena, se encontraba agitando los brazos en
su cama y se despertó sobresaltado.
Se dio cuenta de que todo había sido un sueño de Resines, sin
ser nada de eso él. Se levantó a toda prisa y descorrió las cortinas de su
habitación y vio el paisaje nevado. Salió a la calle sin vestirse siquiera
dispuesto a celebrar el día de navidad como nunca antes lo había hecho.
—¡Tú, niño! —le dijo a un niño random que pasaba por ahí. —¡¿Qué
día es hoy?!
—¿Hoy, señor? hoy es 28 de diciembre, ¡¡el día de los
inocentes!!
Escruch tuvo unos segundos de desconcierto, hasta que empezó
a sonar la sintonía se inocente, inocente y apareció Juan Imedio con un ramo de
flores gigante y el típico monigote. Escruch se tapaba la cara y hacía gestos
de alivio, alegría y sorpresa, algo hablaba con Juan Imedio, pero ya no podemos
oírles porque solo suena la melodía "tinoní, tinoní, tinoní noní noní…
ninooooo ninoooo" mientras vocalizan y se abrazan.
Los fondos recaudados por el programa fueron donados para los
empleados de la fábrica, así que Carlitos pudo internarse en una clínica y
salvarse, aunque Herminia y Walter murieron igual. Escruch aprendió el
verdadero significado de la nochebuena y permitió a sus empleados sintonizar
villancicos durante su jornada de navidad.
La moraleja es que la Navidad puede ser una época entrañable
que pasar con los seres queridos, pero el capitalismo la hace una época mejor
si eres rico.
¡Feliz Navidad de parte de Carrusel Perverso! Y ¡feliz día de
los inocentes!